Elias Longoria Salinas nació en San Ignacio, municipio de San Pedro de las Colonias, Coahuila. Hijo de Andrés Longoria Luna, productor de algodón en el estado, y María Guadalupe Salinas Dávila, madre protectora y cuidadora de tiempo completo. Hermano de seis mujeres y un varón, amante de su familia y su desarrollo pleno. Se mudó al Estado de México a los dieciséis años, donde estudió pedagogía. Profesor durante treinta y ocho años, y conocedor de la etapa adolescente en su máxima expresión.
Escritor, conferencista y emprendedor. Cofundador de Taller del Restaurador, un espacio que brinda ayuda a terceros en diferentes asuntos personales.
La docencia es la esencia del amor al prójimo. Es ahí, en esos reducidos espacios de siete por seis metros, habitados a medio tiempo por adolescentes que momentáneamente se muestran hábiles y en ocasiones endebles, mudándose de un lugar a otro con el único deseo de sentirse parte del grupo, asediados por el radical cambio que opera en su vida, donde aprendemos verdaderamente a cuidardel otro desde la comprensión la adolescencia pone de cabeza a padres, maestros y alumnos. En esta etapa surgen en el aula historias — niñas y niños poniendoal descubierto las intimidades de su familia sin querer—, historias que ponen en duda la bondad de la humanidad, y conflictos que se convierten en áreas de oportunidad para docentes y alumnos. Si bien es verdad que el campo de acción docente está en el aula, el docente comprometido no deja de pensar en laspenurias que su pupilo parlanchín pasa cotidianamente, y turnar la situación a la autoridad escolar competente, para que el trabajo del docente tenga repercusiones positivas incluso fuera del aula, se convierte en una necesidad. Después de dieciocho años de carrera profesional como docente, colaboré dos años como subdirector escolar. El área administrativa no es mi fuerte, sin embargo, aprendí mucho más ahí que en mis anteriores años de servicio. Las charlas cotidianas con mis compañeros profesores para revisar sus planeaciones semanales o simplemente para saber cómo iba su día, las tradicionales intervenciones por las quejas frecuentes a falta de tareas y las muy importantes interacciones con padres que olvidaron que su presencia es sumamente importante en el hogar para el desarrollo pleno de sus hijos, eran parte fundamental de mi día y me enseñaron muchísimo en tan solo dos años. Hubo una situación en particular en esos dos años de administración que me dejó con un aprendizaje enorme. Un día, a la hora de la salida, observé a un adolescente sentado en la banqueta frente al plantel. Vestía pantalón de mezclilla —la pretina rodeaba sus piernas y no su cintura— y una playera negra muy explícita que decía, “Soy el más chingón”; pertenecía al turno matutino. Al cambio del turno matutino al vespertino, varios niños lo rodearon —se habían organizado previamente— y en poco tiempo el grupito desapareció a lo lejos mientras yo vigilaba el acceso de los alumnos de mi turno.
Estimado de regreso es de tan solo quince minutos”, explicó unade ellas. Se
mostraron muy consternadas; para una de ellas era la primera vez que algo así sucedía. “Hay un paraje muy próximo a la laguna. Es muy probable que hayan decidido ir para allá”, les comenté. Tomaron camino a toda prisa: un hijo desaparecido no es cualquier cosa.“Manténganme informado”, les pedí.
Esto sucedió un viernes, y la madre de una de las niñas, Lía, me contactó el domingo para comentarme que su hija apenas estaba llegando a su casa. Por miedo a la reacción de sus padres por haberse escapado, Lía había dormido en casa de su amiguita Laura, una de las niñas desaparecidas, y quien la había invitado a la fiesta del chico de la playera negra que yo ya tenía identificado. Laura pertenecía al turno saliente y la otra niña al mío, por tanto, era un asunto delicado. En las escuelas las noticias corren como pólvora. El lunes, niños en los pasillos hablaban sobre el tema con lujo de detalle mientras yo esperaba la versión oficial en mi oficina. Ese mismo día, Lía llego a mi oficina en compañía de su mamá. Al parecer, el viernes pasado había decidido estar en el lugar equivocado el día equivocado en el momento equivocado.Tiempo después, algunas madres, angustiadas, se pre
sentaron para preguntar por sus hijas, que no habían llegado a casa. “Hace cuatro horas terminó su turno y el tiempo “Yo no quería ir”, empezó Lía. “Laura insistió mucho. Me tomó la mano y no me soltó.” El rostro de la madre lucía desencajado, triste, y a la vez preocupado.“Tienes trece años, no puedo creer que a estas alturas le permitas a los demás decidir por ti”, la voz de la madre retumbó en la oficina.“Los adolescentes, a sus trece, son proclives a imitar sólo por quedar bien con el grupo al que equivocadamente
pretenden pertenecer. Vamos a calmarnos y aclaremos lo sucedido.Creo que hay mucho por platicar, ¿no es así, Lía?” interrumpí. Cuando Lía hubo explicado el preámbulo de aquel viernes, dándome el nombre del chico de playera negra, continué: “Ricardo, sí. Él no es malo, sufre de abandono
en su hogar. Sus padres trabajan desde temprano, lleva un trimestre sin asistir a la escuela. Medio día vive con su abuela y el resto vaga por la calle. Regresa a casa antes de que sus papás lleguen; su madre llega primero y su padre media hora después.” Lía continuó: “Laura es amiga de Ricardo desde segundo de primaria. Dijo que el esposo de la mamá de Ricardo no es su papá, sólo del hermanito recién nacido. Sus otros hermanos también tienen un papá diferente. “Los demás niños son de esta escuela, dos del turno matutino y dos del vespertino. No sé sus nombres. Uno de ellos llevó un refresco de toronja de dos litros y medio, y Ricardo les pidió que vaciaran un poco en los vasos desechables. Al instante sacó de su mochila una pequeña
botella de plástico transparente con un líquido amarillo y un trozo de caña adentro. Los mezcló y lo probó. No le gustó. ‘Está muy suave’, dijo. De inmediato metió la mano en su mochila, tomó otro envase similar, y lo vacío entero. Mezclóla bebida sacudiendo lentamente el refresco para abajo y para arriba. Se sirvió un trago. ‘Excelente, quedó muy bien’, dijo bebiendo el vaso entero de un sorbo. “Uno a uno platicamos de nuestras tristezas, creo que hablamos de más. Una hora después, Laura estaba con el pantalón desabotonado y la blusa abierta. Pienso que Ricardo y ella son algo más. No quise ver lo que hacían, tal parece que no les importó dar ese espectáculo tan íntimo.“La mamá de Laura llegó justo a tiempo, antes de que sucediera
algo de lo que mi amiga se pudiera arrepentir. Los otros niños salieron huyendo, a Ricardo lo llevaron al médico, remolcado como auto descompuesto. Le dio una congestión alcohólica, se vio como el más estúpido de todos y no como su playera lo pintó.” Después de las fuertes declaraciones de Lía, quedé con el corazón hecho trizas y la firme intención de ir más allá, de brincarme los límites a los que mi empleo me sometía, buscar información, colaborar más de cerca con los chicos que claramente estaban sufriendo y no tenían rumbo; familias enteras desintegradas a causa de los malos hábitos de los padres. Sabiendo que los errores de los padres los pagan los hijos, decidí observar, investigar, reflexionar, oír y redactar lo que estás a punto de leer. Tras dos años de trato formal y en confianza con uno de los jóvenes de esta historia, me tomé el atrevimiento de decirle, viéndolo a los tristes ojos enmarcados por un rostro demacrado
y sucio: “Eres un cobarde, no puedo creer que no tengas la más mínima voluntad de estar sobrio por un día. Me gustaría ayudarte a que te rehabilites”, le dije en tono más amable.“No sabes lo que dices, ¿quieres tirar tu dinero a la basura?”contestó de manera contundente. “Te lo voy a
poner más fácil, para que entiendas lo que estoy viviendo: si puedes soportar la llama de un fósforo encendido bajo la palma de tu mano por más de cinco segundos, dejo que me ayudes a rehabilitarme.” Lo dudé por un momento, pero él metió la mano en la mochila negra donde cargaba liga, cuchara, jeringa de insulina, encendedor, y algunos trapos sucios. Tardó un poco en localizar los cerillos. “Extiende el brazo y pon la palma hacia abajo”, indicó. Me resistí por un momento, no me imaginaba cómo es que someterme a la llama de un cerillo me iba a ayudar a entenderlo mejor. Extendí mi brazo tal como lo pidió; él encendió el cerillo, lo puso bajo mi mano, y empecé a contar. Fueron cinco segundos eternos. Uno, dos, tres,
cuatro… no llegué al cinco, retiré la mano.“¿Por qué la quitas?” dijo algo molesto, con una sonrisa de triunfo. “Me quemaste”, reclamé. e inestabilidad emocional. ¿Aún quieres ayudarme?”, expuso. “Drogarme no es una opción, es una necesidad.”Desde entonces, la investigación social de campo se convirtió en mi pasión.
Elias Longoria Salinas